Al
entrar en Santillana parece
que se sale del mundo. Es aquella una entrada que dice: "No
entres". El camino mismo, al ver de cerca la principal
calle de la antiquísima villa, tuerce a la izquierda
y se escurre por junto a las tapias del Palacio
de Casa Mena, marchando en busca de los alegres
caseríos de Alfoz de Lloredo. El
telégrafo, que ha venido desde Torrelavega,
por Puente San Miguel y Vispieres, en
busca de lugares animados y vividores, desde el momento
que acierta a ver las calles de Santillana da
también media vuelta y se va por donde fue el
camino. Locomotoras jamás se vieron ni oyeron en
aquellos sitios encantados. El mar, que es el mejor y más
generoso amigo de la hermosa Cantabria,
a quien da por tributo deliciosa frescura y fácil
camino para el comercio; el mar de quien Santillana toma
su apellido, como la esposa recibe el del esposo, no se
digna mirarla ni tampoco dejarse ver de ella. Jamás
ha pensado hacerle el obsequio de un puertecillo, que en
otras partes tanto prodiga; y si por misericordia le concede
la playa
de Ubiarco, las aviesas colinas que mantienen
tierra adentro a la desgraciada villa no le permiten hacer
uso de aquel mezquino desahogo. Contra Santillana se conjura
todo: los cerros que la aplastan, las nubes que la mojan,
el mar que la desprecia, los senderos que de ella huyen,
el telégrafo que la mira y pasa, el comercio que
no la conoce, la moda que jamás se ha dignado dirigirle
su graciosa sonrisa. El viajero no ve a Santillana sino
cuando está en ella. Desde el momento que sale la
pierde de vista. No puede concebirse un pueblo más
arrinconado, más distante de las ordinarias rutas
de la vida comercial y activa. Todo lugar de mediana importancia
sirve de paso a otros, y la calle Real de los pueblos más
solitarios se ve casi diariamente recorrida por ruidosos
vehículos que transportan viajeros, que los matan
si es preciso, pero que al fin y al cabo los llevan. Por
la calle central de Santillana no
se va a ninguna parte más que a ella misma. Nadie
podrá decir: "He visto a Santillana de
paso". Para verla es preciso visitarla.»
Benito Pérez Galdós. 1879.
«En la eufónica arquitectura de sus sílabas, el mero nombre de Santillana, si seguimos los hilos de las asociaciones que hacen vibrar la historia, es capaz de evocar, para nosotros, galopes de bisontes ante la horda semidesnuda de los cazadores trogloditas; rítmicos pasos de legiones romanas, que van a castigar insurrecciones de tribus cántabras; canto litúrgico de monjes, ante la reliquia venerada de una mártir, llegada de remotos países; luchas de banderizos feudales, blasones de grandes señores guerreros, cortesanos y poetas, vidas orgullosas de hidalgos pobres o enriquecidos, más allá del mar, en servicio real, en las Indias. Cuevas mágicas y palacios blasonados, claustros románicos y desmantelados torreones...El recuerdo asocia, también, al nombre de la villa montañesa, rimadas serranillas, historias de capitanes de tercios españoles, inventadas trapacerías del pícaro de Lesage. Si una abadía y un pícaro dieron a conocer a Santillana en tiempos pasados, y si, tiempo después, sonó su nombre ligado al sensacional descubrimiento de la famosa cueva de Altamira, Santillana ha cobrado, de modo creciente hasta nuestros días, un renombre internacional de villa del pasado, en la que la historia se hace espectáculo presente... ...Desde los tiempos de Galdós a nuestros días, el milagro no se ha alterado, y Santillana que no ha muerto, y que, antes al contrario, parece haber encendido llamitas de espíritu en esta admiración, que comenzó a despertar entonces, continúa viviendo la vida del pasado y es el lugar maravilloso donde podemos realizar la más tremenda hazaña que es dable a los humanos: salir del tiempo. Paseando por sus calles, visitando sus palacios y sus conventos, oyendo sonar sus pisadas por el viejo claustro románico, nos acoge esa sedante impresión extraña que cosquillea, a la vez, nuestros sentidos y nuestra imaginación. Es un viaje hacia atrás, hacia siglos pretéritos; nuestras ideas e inquietudes de hoy se reflejan, ceden y nos encontramos, realmente, flotando en una atmósfera en la que, desasidos de las ataduras de nuestro tiempo, podemos gozar de la contemplación visual del pasado, plasmado en sus piedras y evocado, en cada paso, por perspectivas históricas y evocaciones inevitablespor perspectivas históricas y evocaciones inevitables.»
Enrique Lafuente Ferrari.
1955. |
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