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CERCA
DE SANTILLANA DEL MAR

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«Para
llegar al atrio es forzoso que pasemos sobre una reja colocada
horizontalmente, sistema de ingreso que el viajero no acierta
a comprender si no le advierten que los cerdos y las vacas,
que libremente pasean por las calles de la villa, entrarían
con el mayor desenfado en la santa iglesia, si por aquel
ingenioso medio no se les detuviera. Abundante hierba crece
en el atrio, y sus informes baldosas, sobre las cuales han
pisado tantos siglos entrando y saliendo, están rodeadas
de verdura entre charcos que la lluvia renueva sin cesar.
A la derecha se alza la torre, cuadrada, rojiza, semejante
por su esbeltez a los cubos mozárabes de Castilla
la Nueva. Mirada atentamente, y prescindiendo del parentesco
más o menos lejano que tienen todas las obras de arquitectura,
y en particular las obras orientales con las románicas,
se ve que es cosa muy distinta.»
Benito Pérez Galdós.
1879.
La Colegiata de Santillana no sólo es la construcción románica
más importante de Cantabria, sino que debe considerarse también
como la propia razón de ser de la villa.
El templo está dedicado a santa Juliana, una cristiana que sufrió martirio
en Bitinia (Asia Menor, actual Turquía) en tiempos del emperador romano
Diocleciano. La historia de santa Juliana forma parte de una tradición
de martirios de jóvenes vírgenes muy difundida durante la Alta
Edad Media; según ésta, la santa de Bitinia sufrió
el triple martirio de ser sometida al agua hirviendo, a la rueda
dentada con clavos de hierro y, finalmente degollada. Como es habitual
en estas tradiciones, los restos de la mártir llegaron a estas
tierras tras un largo y complejo peregrinar. De ello se tiene noticia
ya en un documento de finales del siglo X que cita la existencia de un
monasterio dedicado a la santa en un lugar llamado Planes, al que la
santa dio nuevo nombre a partir del suyo propio (Sant Iuliana-Santullana-Santillana).
Según parece, el monasterio benedictino que guardaba las reliquias
de la mártir fue, en el siglo XII, transformado en Colegiata,
haciéndose cargo de la misma canónigos de San Agustín.
Exteriormente, la colegiata ofrece una imagen inconfundible gracias a
la disposición
de sus torres y a algunos añadidos que se hicieron sobre la obra original
del siglo XII. Así, la portada, reformada en época imprecisa, se
ve rematada por un frontón triangular que acoge una imagen de santa Juliana;
por detrás aparece una larga galería de quince arcos que, aun reconociéndose
como una añadido, dan al exterior de la Colegiata un aire propio y cierta
gracia que aligera el macizo conjunto de la obra románica. Hacia
la cabecera del templo se sitúa una bella torre cilíndrica que
luce en su parte alta una ventana geminada; por encima de ella se eleva el magnífico
cimborrio que corona el crucero, adornándose con arquería ciega;
a los pies de la iglesia se encuentra la torre de las campanas, que actúa
de volumen equilibrador del cimborrio. Todos estos diferentes elementos confieren
al conjunto de la colegiata una grandeza que rara vez se encuentra en los templos
románicos que no alcanzaron la categoría de sedes catedralicias.
Interiormente, la colegiata está constituida a partir de una planta de
cruz latina con tres naves de cuatro tramos y sus correspondientes ábsides
y nave del crucero, que no sobresale hacia el exterior. El crucero se cubre mediante
una cúpula asimétrica montada sobre triángulos esféricos
y reforzada por nervios. A este conjunto debe añadirse la capilla gótica
adosada a la nave del Evangelio, y la dependencia que, en el lado opuesto, se
añadió en época barroca con la función de sacristía.
Mención especial merecen algunos de los capiteles que decoran las columnas
y pilastras del templo, cuya variada iconografía va desde los que se decoran
con motivos vegetales, a los de carácter narrativo. La tosquedad de su
realización encaja bien en la obra románica llena de irregularidades,
muchas de las cuales se aprecian a simple vista. Otra escultura que merece también
atención es la lauda sepulcral de Santa Juliana, situada en la nave central.
Los restos de la mártir se trasladaron, en el siglo XV, al Altar Mayor
y este tosco trabajo de cantería recuerda el lugar en el que debieron
de encontrarse originalmente.Santa Juliana aparece aquí protegida por
un ángel y sujetando con su mano izquierda la cuerda que ata a un demonio,
símbolo de la concupiscencia.
La colegiata de Santillana contiene como magnífica joya del periodo gótico
isabelino el retablo que decora el Altar Mayor. Entre los elementos que lo componen
deben destacarse las seis tablas hispano-flamencas y la predela, realizaciones
ambas de comienzos del siglo XVI. De las seis pinturas, las cuatro superiores
recogen diversas escenas de la vida de Cristo, mientras que las dos más
bajas representan sendos momentos de la historia de Santa Juliana. La predela,
decorada con las figuras de los cuatro evangelistas, resulta particularmente
atractiva por los detalles que enriquecen las tallas; así, san Lucas aparece
representado con gafas y sacando punta a su pluma, y en el pupitre de San Mateo puede verse un pequeño ratoncillo que pretende alimentarse de los libros
allí colocados.
El antiguo altar Mayor contiene además, en su parte baja, un frontal de
plata repujada que en 1686 donó,
tras su regreso de América, Luis
Sánchez de Tagle, primer marqués
de Altamira. Este frontal de plata
ocultó durante años las cuatro figuras de apóstoles que
hoy decoran el nuevo altar. Estos relieves son, tanto por su factura como por
su estado de conservación, una de las más atractivas muestras de
la escultura románica montañesa.
<<fotos
de la Colegiata>> |
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