La Avenida Reina Victoria puede
considerarse como uno de los paseos marítimos más
bellos de toda la cornisa cantábrica. Comienza como
continuación
de la calle Castelar y
conduce primero hacia la Península
de la Magdalena para terminar en la Plaza
de Italia, en
el corazón de El
Sardinero. Caminando en esa dirección
se irá dejando a la izquierda, en lo alto, el lujoso
recinto y edificio del Hotel Real y
a sus pies numerosos chales de diferentes estilos que miran
hacia el mar: a la derecha, a lo largo de una estrecha
franja ajardinada, quedan la bahía y las Playas
de los Peligros y de la Magdalena.
La primera mitad de la Avenida
Reina Victoria finaliza
cuando se llega a lo que todo el mundo conoce en Santander como la curva de la Magdalena, que coincide con el istmo
de la península de la que toma el nombre.
Cerrando por el oeste la bahía
de Santander se encuentra
este privilegiado espacio natural de la Península
de la Magdalena.
A comienzos de siglo, Ia península se transformó en
el magnífico parque que es hoy. El pueblo de Santander decidió entonces
regalárselo al Rey
Alfonso XIlI y construir allí un palacio
que fuera digna residencia veraniega del monarca. En realidad,
a instancias de los concejales republicanos, el regalo
se hizo a la persona de don Alfonso
de Borbón y
no a la figura real de Alfonso
XIII.
Las obras del Palacio de la Magdalena terminaron en 1913 y su coste total alcanzó la cifra de 700.000 pesetas.
Los arquitectos responsables de proyecto fueron los montañeses Javier González Riancho y Gonzalo
Bringas, que diseñaron
una majestuosa mansión, en cuya fachada se combina
piedra de sillería blanca con un sillarejo algo
más oscuro. Estilísticamente el palacio responde,
en líneas generales, a los gustos de la arquitectura
rural de la nobleza inglesa, con ciertas influencias francesas
y ciertos detalles de origen autóctono.
Desde 1913 a 1930 la
familia real pasó sus veranos
en este palacio. Tras la desaparición de la monarquía
como institución política, el Gobierno republicano,
que se había incautado del edificio, decretó en 1932 que fuera empleado
como sede de la Universidad
Internacional de Verano, a cuyo uso se destinó hasta 1937.
En
1949, siendo de nuevo propietaria
la familia real, el edificio fue cedido para que continuaran
desarrollándose
en él las actividades de la que entonces se llamaba
ya Universidad
Internacional Menéndez Pelayo; y,
por fin, en 1977 el Ayuntamiento
de Santander compró la Península de la Magdalena,
con todas sus construcciones, al Conde
de Barcelona por
la simbólica suma de 150
millones de pesetas. Desde entonces, la península
es parque municipal, y el palacio y sus dependencias sede
de la UIMP.
El palacio es, sin duda, lo más interesante que
contiene la Península de
la Magdalena, pero no es
lo único que justifica la visita a este recinto
al que está prohibido el acceso a vehículos
de motor. En la zona sur se encuentran lo que en su día
fueron las Caballerizas del
palacio y que hoy es residencia de profesores y estudiantes,
y la resguardada Playa de los
Biquinis.
En la zona norte hay un pequeño, y si se quiere
absurdo, zoológico, constituido por un recinto para
leones y por unas piscinas seminaturales, construidas en
los propios acantilados, habitadas por osos polares, focas
y otros animales ajenos a estas tierras que, no obstante,
suele hacer las delicias de los niños. A pocos metros
de estas piscinas pueden verse, instaladas sobre una explanada,
varias de las embarcaciones que el santanderino Vital
Alsar ha empleado en sus aventureras travesías y entre
las que destacan los galeones con los que reprodujo la
expedición de Orellana.
Quedan, además, en la Península de la Magdalena los paseos y los miradores desde los que es posible contemplar
la belleza de la bahía o el mar abierto de El
Sardinero.