A partir de la península, la Avenida
de Reina Victoria entra en el ámbito de El
Sardinero, uno de los espacios
urbanos más caros y elegantes de la costa española.
Esta zona de Santander mira
ya hacia mar abierto v allí se
suceden sin interrupción, en marea baja, las Playas
del Camello, la Concha,
y la Primera y la
Segunda del Sardinero.
En el mar, frente a las playas, se encuentra la Isla
de Mouro y en ella el faro que indica la entrada a la bahía.
Si desde la Avenida de Reina Victoria se
asciende por el Paseo de Pérez Galdós se
entrará en
una de las zonas residenciales más atractivas de
Santander.
Ya de nuevo en la Avenida de Reina
Victoria, y paseando
junto a los tamarindos, se llega a la Plaza
de Italia,
centro de la vida urbana de El
Sardinero. En ella se encuentra
el Gran Casino y, tras él, como una de las mejores
muestras de la llamada arquitectura montañesa el
chalet Los Pinares, obra realizada en 1917 por Valentin
Lavin Casalis.
El Gran Casino de El Sardinero fue construido en 1916.
El edificio de corte neoclásico, funcionó como
tal casino desde su inauguración hasta 1939; después,
el local permaneció prácticamente cerrado
hasta 1978, fecha en la que, tras la oportuna restauración,
el Gran Casino reabrió sus puertas como establecimiento
de juego dotado, además, de cafetería, restaurante
y sala de fiestas.
En torno a la Plaza de Italia se encuentran también
numerosos hoteles, restaurantes y cafeterías que,
sobre todo en verano, hacen de El
Sardinero el segundo
centro urbano de Santander.
A pocos metros de esta plaza, sobre un pequeño promontorio
rocoso que parece querer adentrarse en el mar, se encuentran
los Jardines de Piquío.
Descendiendo por la Avenida de
Castañeda se entra
en el último tramo de El
Sardinero, ocupado por
el Parque del Doctor González Mesones, que hace
pocos años fue notablemente ampliado con el espacio
que entonces ocupaba el estadio
municipal de El Sardinero,
situado actualmente en la misma zona, pero algo más
lejos de la línea de playa.
Mataleñas y Cabo Mayor.
La Avenida de Castañeda se
continúa por
la carretera del faro,
que conduce como es fácil
de imaginar, al Faro de Cabo Mayor,
pero también
a la Playa de Mataleñas y al campo de golf situado
en el promontorio de Cabo Menor.
Mataleñas es una
pequeña playa que
surge al fondo de un profundo entrante de mar y que debe
su atractivo a los imponentes acantilados de Cabo
Menor. Éstos,
como los de Cabo Mayor,
están formados por grandes
estratos inclinados por los que el mar asciende cuando
el oleaje es fuerte. Desde el mirador de la Playa
de Mataleñas se puede llegar hasta la punta de Cabo
Menor a través
de un estrecho camino que circunda el parque y el campo
de golf: el paseo merece la pena.
La visita al faro es recomendable, pues a sus pies, y orientado
hacia mar abierto, hay un mirador desde el cual pueden
admirarse los acantilados de Cabo
Mayor. Además en el propio faro se ha instalado
un museo, que con el nombre de Centro
de Arte Faro Cabo Mayor y dependiente de la Junta
de Obras del Puerto, acoge
la colección de pinturas y objetos relacionados con los
faros perteneciente a los artistas Eduardo
Sanz y su esposa
Isabel Villar. Si hace viento (casi no importa su dirección)
no debe dejarse de visitar este mirador; y, si en lugar
de simple viento, lo que hay es galerna, sería imperdonable
perder la oportunidad de ver en su más rotunda bravura
el espectáculo que ofrece el Mar
Cantábrico en su
Iucha contra la roca.